Cuando los reyes dejaron de construir pirámides y pasaron a excavar sus tumbas en la montaña tebana, sus familias necesitaron un lugar propio. Este uadi seco, al sur de la zona de templos, se convirtió en el cementerio de las grandes esposas reales y de los príncipes, muchos de ellos muertos siendo niños.
Las tumbas siguen un esquema sencillo: un corredor en pendiente, alguna cámara lateral y la sala del sarcófago, todo cubierto de escenas en las que la difunta o el difunto es presentado a los dioses del más allá. Al ser pequeñas, el color cubre casi toda la superficie visible.
La tumba de Nefertari, gran esposa real de Ramsés II, es la excepción por tamaño y por calidad de pintura. Su estado obligó a una restauración larga y a un régimen de visita restringido, con billete separado y control del número de personas dentro, precisamente para que la humedad que aporta cada visitante no vuelva a dañar el yeso.