Ramsés II mandó levantar aquí el santuario donde su culto debía mantenerse para siempre, con patios, sala hipóstila, almacenes y talleres. El conjunto no se sostuvo: la crecida del Nilo minó los cimientos del patio delantero, parte de la fábrica se desplomó y, más tarde, la piedra se fue reutilizando en otras construcciones.
El coloso de granito que presidía el patio se partió y quedó tumbado, con la cabeza y el torso separados. Autores griegos y romanos escribieron sobre esta ruina llamándola tumba de Osimandias, deformación del nombre de trono del rey, y de ahí llegó al poema Ozymandias de Shelley, con su rey que ordena contemplar sus obras cuando ya no queda nada alrededor. El nombre actual, Ramesseum, se lo puso Champollion, el descifrador de los jeroglíficos, al reconocer de quién era el templo.
Detrás del templo de piedra sobreviven las bóvedas de adobe de los almacenes, donde se guardaban el grano y los bienes que sostenían al personal del santuario.