Hatshepsut llegó al poder como regente de un heredero muy joven y acabó asumiendo los títulos y la imagen de faraón, con la barba postiza y el atuendo real masculino de las representaciones oficiales.
Este conjunto era su «templo de millones de años»: el santuario donde se rendía culto a la reina y a los dioses que sostenían su reinado. La arquitectura, de terrazas superpuestas unidas por rampas y cerradas por columnatas, se integra en la pared rocosa y rompe con el modelo de patios y pilonos de los grandes santuarios del Nilo, como el Templo de Karnak, donde Hatshepsut también dejó obra.
Dentro se conservan los relieves que dieron fama al recinto: la expedición comercial al país de Punt, con sus barcos cargados, sus productos exóticos y sus árboles de incienso, y la escena del nacimiento divino, que presenta a la reina como hija del dios Amón.
Tras su muerte, su nombre y su imagen fueron borrados de muchos monumentos y el templo quedó abandonado. Más tarde, una comunidad cristiana instaló aquí un monasterio, y de ahí viene el nombre árabe del lugar, Deir el-Bahari, «el convento del norte». Las campañas de excavación y restauración han devuelto a su sitio columnas, estatuas y relieves.