Las estatuas representan al faraón sentado, con las manos sobre las rodillas y la mirada al frente. Formaban la entrada monumental de su templo funerario, un recinto que hoy apenas se adivina: las crecidas del río, los terremotos y el reaprovechamiento de sus piedras lo arrasaron, y los colosos quedaron solos en el paisaje.
De ahí nació su fama. Un terremoto agrietó la piedra y, al calentarse con el sol del amanecer, una de las estatuas emitía un sonido. Viajeros griegos y romanos llegaban de madrugada para oírlo y lo identificaron con Memnón, el héroe hijo de la Aurora muerto en Troya, que saludaba así a su madre. Muchos dejaron su nombre grabado en las piernas y en las bases: esos grafiti se siguen leyendo.
Una reparación de época romana cerró las grietas y el sonido desapareció. El nombre, en cambio, se quedó: para el mundo grecolatino, el faraón del monumento pasó a llamarse Memnón.
Las excavaciones del templo continúan y han recuperado columnas, esfinges y estatuas colosales que se han vuelto a levantar en el yacimiento, de modo que lo que se ve hoy no es lo mismo que veían los viajeros de otras épocas.