El origen del recinto es una capilla levantada junto al arbusto que los peregrinos identificaban con la Zarza Ardiente del relato bíblico. Alrededor de ella, el emperador bizantino Justiniano mandó construir un monasterio fortificado, con murallas de granito capaces de proteger a la comunidad en un desierto sin ley. Esas murallas siguen en pie y son lo primero que ves al llegar.
El monasterio nunca fue abandonado. Su comunidad ortodoxa ha mantenido el culto de forma continuada, algo excepcional en la región, y con el tiempo reunió una biblioteca de manuscritos y una colección de iconos que se cuentan entre las más importantes del cristianismo oriental. Dentro del recinto amurallado hay también una mezquita, testimonio de los acuerdos que permitieron al monasterio sobrevivir bajo distintos poderes islámicos.
El conjunto, junto con la montaña y su entorno, fue inscrito por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en 2002 como Área de Santa Catalina, reconociendo a la vez su valor religioso para tres tradiciones y la conservación del paisaje que lo rodea.