La punta del Sinaí no tiene monumentos: su historia relevante es de conservación. Cuando el buceo empezó a masificarse en la zona, quedó claro que los arrecifes de este extremo eran excepcionales y a la vez muy vulnerables al fondeo, la pesca y la recogida de coral, y se decidió protegerlos como parque nacional, uno de los primeros declarados en el país.
La protección se fue ampliando hacia el mar y hacia el desierto interior hasta abarcar también las islas y bajos cercanos. Ese blindaje explica por qué los corales de aquí siguen en mejor estado que en tramos de costa más urbanizados: el fondeo libre está prohibido, hay boyas de amarre y el acceso está regulado y vigilado por guardas.
El otro elemento con historia está hundido. En estas paredes descansan los restos de un carguero que se fue al fondo con su carga, y la dispersión de esa carga por el arrecife se ha convertido, con los años, en una de las inmersiones más conocidas del mar Rojo.