Abydos fue el gran centro del culto a Osiris, el dios asesinado y devuelto a la vida. Los egipcios identificaron una tumba real muy antigua del desierto de Abydos como la sepultura del propio dios, y el lugar se convirtió en destino de peregrinación: quien podía, encargaba una estela o pedía ser enterrado cerca para participar de esa promesa de renacer.
Sobre ese prestigio, Seti I levantó un templo distinto de los demás, con planta en forma de L y varias capillas alineadas, dedicadas a distintas divinidades y al propio rey. Su hijo Ramsés II terminó las partes que quedaban a medias, y la diferencia salta a la vista: el relieve fino y modelado de Seti frente al relieve hundido, más rápido y tosco, de la etapa posterior.
En uno de los pasillos, el rey aparece leyendo con su hijo una larga lista de cartuchos con los nombres de los faraones anteriores. Esa lista sigue siendo hoy una de las herramientas con las que se ordena la sucesión de los reyes egipcios.
Detrás del templo se excavó el Osireion, una construcción subterránea de bloques enormes concebida como tumba simbólica de Osiris. El nivel freático la mantiene parcialmente anegada, y el agua forma parte de la imagen.