Antes de Zoser, los reyes se enterraban en mastabas: tumbas bajas de planta rectangular y lados inclinados, hechas sobre todo de adobe. La novedad aquí fue doble. Primero, construir en piedra tallada a gran escala, imitando incluso en el detalle formas que hasta entonces se hacían en madera, junco y ladrillo. Segundo, apilar mastabas de tamaño decreciente hasta formar una montaña escalonada visible desde muy lejos.
La obra se atribuye a Imhotep, arquitecto y alto funcionario de Zoser, una figura tan admirada por los propios egipcios que siglos después acabó divinizado y asociado a la medicina. Su nombre aparece en el yacimiento, un privilegio muy raro para alguien que no era rey.
La pirámide no está sola: forma parte de un enorme recinto amurallado pensado para que el rey siguiera celebrando en el más allá la fiesta Sed, el ritual de renovación del reinado. Por eso muchas de sus construcciones son capillas macizas, fachadas sin interior utilizable, arquitectura de escenografía para un ceremonial eterno. Tras un largo periodo cerrada por trabajos de consolidación, la pirámide volvió a abrirse al público y hoy se puede recorrer por dentro.