Menfis nació como sede del poder cuando el Alto y el Bajo Egipto quedaron unificados, y durante el Imperio Antiguo funcionó como centro administrativo y religioso del país. Su gran santuario estaba dedicado a Ptah, el dios artesano patrón de la ciudad, y de una de las denominaciones de ese templo derivó, a través del griego, el nombre con el que hoy llamamos a Egipto.
La ciudad mantuvo peso incluso cuando la corte se instaló en otras capitales, y solo perdió su papel del todo cuando Alejandría primero y El Cairo después concentraron la vida del país. Sus edificios, levantados en buena parte con adobe y con piedra fácilmente reutilizable, se fueron desmontando y sus bloques acabaron en construcciones posteriores. De ahí el contraste que sorprende al llegar: de la capital apenas queda nada en pie, mientras que su inmensa necrópolis, en el desierto contiguo, sigue cubierta de pirámides y tumbas.
El conjunto formado por Menfis y su necrópolis, con los campos de pirámides desde Guiza hasta Dahshur, entró en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1979. Es decir, las modestas ruinas de Mit Rahina están protegidas dentro del mismo bien que Saqqara y las Pirámides de Guiza.