La levantó Salah al-Din —Saladino en las crónicas europeas— para proteger El Cairo y la vieja Fustat con un único recinto amurallado, aprovechando un espolón rocoso desde el que se domina toda la llanura. La elección no fue estética: desde arriba se controlaba la ciudad y se veía llegar cualquier amenaza.
Durante siglos fue la sede del poder en Egipto. Sultanes mamelucos y gobernadores otomanos vivieron y gobernaron aquí, y cada uno añadió palacios, mezquitas y dependencias. Del periodo mameluco sobrevive la mezquita de al-Nasir Muhammad, con sus alminares recubiertos de cerámica.
El aspecto actual se debe sobre todo a Mohamed Ali, el gobernador que fundó la dinastía que reinó en Egipto hasta la revolución. Arrasó buena parte de las construcciones anteriores para levantar su gran mezquita de estilo otomano, revestida de alabastro, que hoy es la silueta reconocible de El Cairo desde cualquier azotea.