Kalabsha se levantó en tiempos del emperador romano Augusto, sobre un lugar de culto anterior de época ptolemaica, y se dedicó a Mandulis —Merul en lengua nubia—, un dios solar de la Baja Nubia asociado a Isis y a Horus. Aunque la obra es romana, el edificio repite el esquema egipcio de siempre: pilono, patio, sala de columnas y santuario.
Las paredes mezclan mundos. En los relieves el emperador aparece vestido de faraón ofreciendo a los dioses egipcios y nubios, y sobre ellos se añadieron después inscripciones en griego, entre ellas la del gobernante nubio Silko, que dejó constancia de sus victorias. Ese cruce de lenguas, dioses y culturas es lo que hace de Kalabsha un documento poco corriente.
Cuando la Presa de Asuán creó el lago Nasser, el templo quedó condenado a desaparecer bajo el agua. Dentro de la campaña internacional de la Unesco para salvar los monumentos de Nubia —la misma que rescató los Templos de Abu Simbel y el Templo de Philae— se cortó en bloques numerados y se reconstruyó en un promontorio del lago que hoy se conoce como Nueva Kalabsha.